Sinaloa-sur-Seine

Me defino sinaloense y bohemio. Si debo añadir algo más, citaría a René Char: "Creo en la magia y la autoridad de las palabras".


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Pipistrelle

La única farola del patio central de hospital parpadea toda la noche.

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Una nube de insectos flota a su alrededor para mayor satisfacción de una pipistrelle.

Ese palabra francesa no es para mí nada más que el sinónimo de la alegría oportunista de un niño que atrapa al vuelo golosinas que caen de una piñata rota.

Así se comporta ese bicho, sus chillidos intermitentes suenan como risita de ladroncillo de poca monta.

Mi cigarrillo se acaba, se apaga. París brilla a lo lejos. Apenas se escucha el tráfico, un acúfeno me ha estado perturbando desde hace semanas. Será eso lo que quizás tomo por la voz del murciélago. Cierto es que en las breves noches se respira el calor de la estación, el cielo está claro y puedo ver Vega en el cénit.

La radio anuncia chubascos por la madrugada en Île-de-France. Tendré que cerrar la ventana. Qué calma, es lo mejor de estar junto a un bosque en plena ciudad.


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Cuando es de noche en mi rancho

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Image by msmail via Flickr

Es tarde y no logro dormir. A esta hora no debería yo estar despierto.

Cuando éramos chicos, mis hermanos y yo contábamos los habitantes del pueblo para dormir. Empezábamos siempre por la casa de El Niño, el papá del güero, la casa que esta justo después del letrero con el nombre del rancho seguido de puntos suspensivos escritos a balazos. Contábamos casa por casa, cuadra por cuadra, siempre nos dormíamos antes de llegar a la de la escuela.

Los tres contábamos: mi hermano, mi hermana y yo, cada uno metido bajo su cobija, con la vista fija en la oscuridad del techo del cuarto. Primero contábamos a los padres, o a la madre, viuda. A veces armábamos un alboroto para decidir si la vaquilla de Pedro o el caballo de Nico entraba en la cuenta, o si fulano tenía que ser contado en casa de su mujer o en casa de su querida, viuda también o con el marido en el Otro Lado, el Over There, los Yunait Estaits.

Sigo sin dormir, como puede verse. Pienso en mis hermanos, siempre serán para mí ese par de latosos que o se me pegaban como sanguijuelas o se obstinaban a ver otro canal en la tele. Esos latosos que me perturbaban cuando contaba para dormir.

En el pueblo, de noche las calles están quizás menos vacías que de día, los hombres ya han vuelto de las tierras. Los hay que no hacen nada y siguen el mismo ritmo de los chambeadores. Cayendo la tarde se forman palomillas de jugadores de baraja frente al expendio de cerveza de Diego, o en la tienda del Hermano Víctor, frente a la sindicatura, dónde el ojo siempre vigilante de la policía municipal es garante del respeto de las reglas del conquián.

Cuando es de noche, en mi pueblo los plebe chicos cuentan para dormir, los adultos juegan a las cartas,  platican en las esquinas y en los portales del vecino, van a comprar harina para las tortillas del lonche del día siguiente, porque hay faena, porque hay que regar las milpas, deshierbar canales, seguir componiendo el motor del pinchi tractor que los tiene varados desde hace días. Los viejos antes de acostarse echan un ojo al cielo, mirando hacia el Este, para el rumbo de Sinaloa de Leyva, para ver si hay relámpago y saber si al fin vienen las lluvias.


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Nocturno

Anoche podía tocar el velo de nubes bajas. Hoy, el cielo está demasiado claro, como si quisiera darme una sorpresa, como si fuera de nuevo a repartir las cartas


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Ansia

Pongamos que escribo. Y no escucho sonido alguno. Es de noche, noche casi primaveral, la oscuridad es transparente como el frescor tangible de cada nudo del viento en febrero. Refunfuño pues de alguna forma tengo que derrotar el mutismo que el sopor vespertino me impone. Digo derrotarlo y no vencerlo, no soy de los que gustan de la victoria propia sino del revés ajeno. A final de cuentas soy sádico con el silencio pasmante; no vaya a ser ése el silencio perpetuo de la muerte.


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¿Qué hacer en una noche de insomnio?

Por la ventana sólo puedo admirar la silueta fantasmagórica de árboles a los que el invierno ha defoliado. Son casi las 3 de la mañana. Me desperté hace casi dos horas imaginado que ya eran las 9, qué es miércoles, que no he desayunado todavía y el fisioterapeuta no va a tardar en pasar a verme.

En el mesa de noche están dos libros esperándome: La Sombra del viento y Le rapport de Brodeck pero no los reeré a esta hora. No me voy a quedar en esta habitación de hospital viendo como pasan las horas. ForecastFox me anuncia “2°C, brouillard“. Salí a fumar, pasé de camino por la maquina tragamonedas que sirve bebidas calientes: 0,50€ por un caffè lungo, que tomo con la mano derecha mientras que con la otra me busco mis Lucky Strike a 5,40€ el paquete.

En el jardín lo que sobran son sillas pero todas están húmedas de rocío o cubiertas de nieve que aún no se ha derretido. 2°C. Finalmente no es una temperatura tan baja. O quizás yo ya no soy tan extranjero a los caprichos del invierno.

Echo un ojo hacia la torre Eiffel, a esta hora ya han apagado las luminarias. Estoy solo en el jardín. No hay luz que se encienda, no la hay que se apague. Aspiro un poco de humo, bajo un trago de café. Y miro las siluetas de los arboles esbozadas sobre un fondo sepia. Resta un poco de nieve en los tejados aquí y allá, de las canaletas cuelgan estalactitas glaciales.

Me pierdo en elucubraciones. El café se enfría. El cigarrillo se consume solo. Subo a la pieza. No hay nadie en los pasillos de la clínica. Me tomo una tableta de Stilnox. Es lo más sensato que puedo hacer a esta hora.

Luego, cayéndome de sueño, me digo que ya estuvo bien de divagar. Que la noche se hizo para dormir, o para caminar por las húmedas calles vacías. Que caminaré otra noche, cuando no haga frío y mis rodillas estén mejor. Y no pienso caminar solo, sino apretando una tibia mano de mujer en la mía, o escuchando el rumor nocturno del agua de lluvia corriendo calle abajo, invitándome a saltar tapias y rejas para resguardarme de ella en un portal en lo que amaina. La noche y la lluvia hacen del hombre un gato, una sombra, que desconoce los limites de la propiedad privada.

Buenas noches, ¡son las 3:23 y todo sereno!