Sinaloa-sur-Seine

Me defino sinaloense y bohemio. Si debo añadir algo más, citaría a René Char: "Creo en la magia y la autoridad de las palabras".


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Cifras de hoy

Tiempo: Templado, entre 12 y 20 °C. Nublado pero sin lluvia. Ha escampado de cuando en cuando.

Adicciones: entre 8 y 10 cigarrillos y 4 cafés largos (de tragamonedas, 70¢ c/u) y 1 café con leche.

Salud general: Comienzo de cuando de síntomas grupales.
Día d+16 desde operación de artrólisis con liberación cuadricipital según el método de Judet, 46 puntos de sutura. Dolor en la articulación de la cadera. 16 días ya en hospital.

Otras observaciones:
Ninguna llamada recibida, esperaba 2, nada. Comida insípida, como es costumbre. Pasé la mañana pensando en la relación entre un puerto de montaña y el Monte Venus. Festival de Cannes e inundaciones en Lorraine en la TV. Terminando de leer The White Tiger de Aravind Adiga, hilarante; me espera Todas las Familias Felices de Carlos Fuentes.

Quiero ir al Village por un paquete de Lucky Strike.


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La estrategia del Pathos

Es un alivio que las elecciones presidenciales francesas hayan pasado, y sobre todo que la jeta de Nicolas Sarkozy haya desaparecido de los medios impresos y electrónicos.

Pero cuando echo un ojo a las noticias de México es siempre la misma burra al trigo aunque en este caso el papel de los medios sea secundario pues los cárteles orquestan ellos mismos sus propias acciones espectaculares y macabras.

El pathos de los cárteles contra “el lugar que creías conocer” como estrategia de comunicación. Suspiro. Campañas políticas mediocres de los candidatos a la presidencia, ridículos reportajes de panfleto de la Televisa de toda la vida, hasta un pleito de verduleros tiene más fondo que lo que televisión e internet mexicanos vomitan cuando enciendes tu pantalla.

Esa es quizás la palabra clave, ese verbo mexicano, inusitado en el español europeo o sudamericano: Apantallar. La cultura de nuestro país de telenovela impregna el mínimo acto de comunicación desde el diálogo entre dos personas hasta el show de los narcos; se abre la boca, por así decirlo, por puro afán de apantalle: hay que ponerle salsa a los tacos.

La gente termina, como dicen, curada de espanto. ¿Qué nos va hacer un cadaver más o un cadaver menos? No mamen, ya cambien su pinche rollito, señores narcos, señores responsables políticos. ¿Cuándo se van a dar cuenta que ya estamos vacunados?

Ya no tenemos fibra sensible. ¿qué nos importa que digan que tal o cual candidato es “joto” y que otro más es comunista? De por sí, en un país normal eso no es noticia. ¿qué nos importa que Tepito o Tangamandapio sean “Territorio Zeta” o que Buaysiacobe o Tlaquepaque sean del Cártel de Sinaloa?

Hay que pasar a otra cosa, compadres, ya estuvo bueno. Ya vimos suficientes capítulos de Dexter y Desperate Housewives.


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La violencia cotidiana

En días como el de hoy es necesario más coraje que otros para levantarse e iniciar la reacción en cadena que algunos llaman vida cotidiana.

Vida cotidiana, santa frase multiusos. Indefinible o en el mejor de los casos cuando un esfuerzo de claridad y concisión puede darnos una definición de sentido común que no satisface ni corresponde a mi cotidianidad.

El leitmotiv es tener ese coraje o tener que halla una razón que nos enlace con el mundo, una razón que nos mantenga en vida; tener que empuñar ese arma para enfrentar la luz del día y las fuerzas de nuestros demonios no es una actitud natural, y si así lo fuera sería preocupante pues esa postura paranoica es un buen caldo de cultura para la violencia.

Ese discurso de coraje está en l’air du temps. Es terrible ver la indiferencia con la que se le utiliza y la misma indiferencia con la que es acogido sin que sea haga notar. Es alucinante como la voz se carga de violencia camuflada de dinamismo y retórica motivacional; incluso un hombre exhausto, lisiado física y anímicamente, como yo, termina empleando ese verbo que corre, atropella, compite según sus reglas, mata, vence y aún quiere más.

Esa violencia omnipresente en los discursos por el esfuerzo, de austeridad (la nuestra, opuesta al desenfreno de oradores y pudientes), en los discursos sobre la normalidad de la dureza de la vida; esos discursos que nos dicen que en otras partes es peor, que nos obligan literalmente al sacrificio. Esos pregones nos callan pero no nos quitan el hambre.

Me sorprendo cada día al levantarme. Hago de lado el coraje, la fuerza y el orgullo. Doy el primer paso del día esquivando la rutina, que a veces embiste tan súbitamente que me echa a tierra o hace dar pasos en falso. Me sorprende que vuelva cada mañana la luz del día. Me sorprende que el sol se alumbre y que el hombre virtiendo sangre, desposeyendo al otro, esparciendo semillas de odio y dominación no termine un día por apagarse.


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Knock out

Ya no sé cuantas noches he dormido en una cama de hospital. Muchas más que las que he compartido la cama con una mujer, tal vez.

Lo peor de todo es que nunca he podido o querido, a la mejor inconscientemente, sentar cabeza o cuando lo he querido ha sido demasiado tarde para ellas.

Si estas reflexiones me ocupan últimamente es porque hará un mes más o menos que volví a ver a esa pelirroja a la que hace meses relegué al rango de amiga. Nos dimos cita a orillas del Canal Saint-Martin, frente al Point éphémère un antro a la moda para luego irnos a nuestro bar en el Quai de la Loire. Un amigo mutuo de esos que siempre llegan tarde y se permiten preguntas íntimas nos amagó con un “¿por qué rompieron?”. Lo que siguió no tiene importancia si no fuera por el hecho de que nos comimos a besos y me noqueó con un derechazo a la mandíbula “c’est plus possible, je quitte Paris et tu n’abandonneras cette ville pour rien au monde“.

Tomamos el metro juntos, se sentó en mis piernas hasta la estación donde iba. Me dió un beso en la boca que saben más a cariño que a pasión. Sonrió y desapareció en el andén.


2 comentarios

Jadis

Plus d’un est surpris que dans ma tête ne restent que les mots de la fin de la dernière conversation que j’ai eu avec eux. Cela peut être un “les gens qui viennent aux bars du Canal St-Martin ont des cheveux aux tons châtains roussâtres”, ou un “non, y’a pas d’épicerie plus haut… mais à l’angle avec Pyrénées, il y a un supermarché”, ou un “salut, et n’oublie pas de dire à Gilbert de nous préparer du Diesel au Tulamore Dew”… Cette vie est si excitante que le récit ressemble à une chronique des chiens écrasés.