Sinaloa-sur-Seine

Me defino sinaloense y bohemio. Si debo añadir algo más, citaría a René Char: "Creo en la magia y la autoridad de las palabras".


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Rue du Faubourg Saint-Denis

Hundiéndome entre las líneas del diario, no he visto siquiera si el Liberation era del día. Entre un sorbo de café y otro, pasaba las páginas, me llevaba un vasito de agua a la boca y echaba una mirada calle arriba o calle abajo. A veces me voy a otro mundo y desconecto de lo que estoy haciendo. Sorbo, página, mirada a la calle. Sin mirar levanto el vaso de agua; no sé en qué momento me había puesto a evaluar el peso, es algo que mi cabecita ya había hecho por mí sin que yo se lo pidiera. Sin mirar levanto pues el vaso de agua e inmediatamente me doy cuenta de que es más ligero de lo que pensaba.

Es una tontería, un hecho trivial que ocurre en una fracción de segundo.

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Tarde en la tarde

El sol llueve sobre los árboles
los empapa de luz
de las ramas gotean sombras que el viento arrastra.


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El otro, el extranjero

El otro, el extranjero, es siempre aquél que está aquí por malas razones.

He dejado de buscar, desear, perseguir, soñar, querer para ya no serlo en apariencia. Cuando aún tenía antojos (ganas, sueños…) alguien me dijo que no tenía nada que aportar.

Estoy aquí porque tuve una razón. He cambiado pero mi motivo sigue ahí. Me explico, mi motivo es como la fricción que causó ese fuego efímero en un fósforo, fuego que lo ha consumido, aún después de apagado lo ha transformado. La fricción en sí no ha dejado marca.


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Fisioterapia, Qi Gong y Moebius

Me apoyo en las dos muletas, me concentro, no es fácil las primeras veces. Sigo las instrucciones de mi fisioterapeuta, hay que descomponer el paso, es decir, efectuar conscientemente cada uno de los movimientos musculares componentes del paso:

Sentir cada músculo de la cadera a la rodilla y a la punta de los pies. Cuando la pierna está atrás, avanzar la rodilla despegando primero el talón del suelo e impulsarse en el paso con los dedos del pie. Sentir el tendón de Aquiles estirarse.

Al atravesar la rodilla el eje vertical, comenzar a extenderla, tengo que tocar el suelo con el talón, plantar el pie como si fuera una rueda.

Evitar a todo momento esfuerzos parásitos como levantar la cadera para ayudarse en el paso. El dolor inhibe ciertos movimientos y nos hace tomar estrategias para esquivarlo. Durante las semanas en las que los médicos me prohibieron apoyarme o pisar con la pierna operada levantaba la cadera, levantaba ligeramente el muslo para caminar a un pie y dos muletas. Al final, ahora que retomo la marcha bipodal, tengo que forzarme a evitar ayudarme con la cadera. La marcha normal no incluye ese movimiento, por eso es un esfuerzo parásito.

Recomienzo una y otra vez. Respiro. Expiro.
Hospital de Saint-Maurice

Involuntariamente pienso en los ancianos chinos que practican Qi Gong en el parque des Buttes-Chaumont. Sí, eso es. El paso debe ser fluido, el cuerpo entero debe acompañar el movimiento.

Machado mismo escribió «caminante, no hay camino, se hace camino al andar». Es una descripción del fluido de la marcha, del fluido de energía.

El Qi Gong es el cultivo de la energía vital, del Qi. Consiste en acordar o reunir respiración, movimiento y mente para meditar, estar en forma y sanar.

Debo aprovechar la energía cinética de mi cuerpo en acción, el primer paso es el más difícil, en los siguientes mi cuerpo ya está en movimiento, perpetuar el circuito de marcha cuesta menos.

A ojos cerrados separo el dolor de mi campo sensorial y aunque me sea imposible borrarlo, consigo ubicar con certitud su umbral. Divido el paso en sus componentes, mi respiración acompaña flexión y extensión, camino adelante, hacia atrás, mi ejercicio de marcha es una cinta de Möbius.


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Mi selva

Una laguna de poco menos de 10 hectáreas y un salitral cubierto de matorrales donde abundaban conejos y aves de paso han desaparecido de la faz de tierra. Es curioso que este año de sequía los campos le ganen a los baldíos.

No me explico por qué ya no están en las imágenes satelitales. Los han secado y desmontado.

Pierdo tanto. Iba a ese sitio cuando no conseguía pescar nada, a veces no mordía, qué se le iba a hacer. Me acostaba con los brazos cruzados en la nuca y esperaba que se hiciera tarde, ahí tirado bajo los huajes.

Entonces, el viento sacudiría tules y batamotes, sauces y huacaporos (que más al norte llaman palosverdes). Si era paciente, vería conejos y ratas de campo, y hasta chureas. Algún grajo volvería al nido, alguna tórtola o paloma torcaz llamaría a su pareja. Eso era paz.

El mar estaba lejos pero el viento, que sopla por la tarde, me traería un poco de yodo. El sol, eso no, sería el mismo a la sombra que en el camino de vuelta a casa: bien allá en lo alto, sin nube que lo cubriera, a la mejor demasiado lejos para crear un efecto particular en el piasaje.

Polvo levantándose por el camino, viento, una lobina brincando en la superficie del agua, garzas en lo alto de un álamo. Que pena ya no poder volverlos a ver.