Sinaloa-sur-Seine

Me defino sinaloense y bohemio. Si debo añadir algo más, citaría a René Char: "Creo en la magia y la autoridad de las palabras".


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La violencia cotidiana

En días como el de hoy es necesario más coraje que otros para levantarse e iniciar la reacción en cadena que algunos llaman vida cotidiana.

Vida cotidiana, santa frase multiusos. Indefinible o en el mejor de los casos cuando un esfuerzo de claridad y concisión puede darnos una definición de sentido común que no satisface ni corresponde a mi cotidianidad.

El leitmotiv es tener ese coraje o tener que halla una razón que nos enlace con el mundo, una razón que nos mantenga en vida; tener que empuñar ese arma para enfrentar la luz del día y las fuerzas de nuestros demonios no es una actitud natural, y si así lo fuera sería preocupante pues esa postura paranoica es un buen caldo de cultura para la violencia.

Ese discurso de coraje está en l’air du temps. Es terrible ver la indiferencia con la que se le utiliza y la misma indiferencia con la que es acogido sin que sea haga notar. Es alucinante como la voz se carga de violencia camuflada de dinamismo y retórica motivacional; incluso un hombre exhausto, lisiado física y anímicamente, como yo, termina empleando ese verbo que corre, atropella, compite según sus reglas, mata, vence y aún quiere más.

Esa violencia omnipresente en los discursos por el esfuerzo, de austeridad (la nuestra, opuesta al desenfreno de oradores y pudientes), en los discursos sobre la normalidad de la dureza de la vida; esos discursos que nos dicen que en otras partes es peor, que nos obligan literalmente al sacrificio. Esos pregones nos callan pero no nos quitan el hambre.

Me sorprendo cada día al levantarme. Hago de lado el coraje, la fuerza y el orgullo. Doy el primer paso del día esquivando la rutina, que a veces embiste tan súbitamente que me echa a tierra o hace dar pasos en falso. Me sorprende que vuelva cada mañana la luz del día. Me sorprende que el sol se alumbre y que el hombre virtiendo sangre, desposeyendo al otro, esparciendo semillas de odio y dominación no termine un día por apagarse.


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Knock out

Ya no sé cuantas noches he dormido en una cama de hospital. Muchas más que las que he compartido la cama con una mujer, tal vez.

Lo peor de todo es que nunca he podido o querido, a la mejor inconscientemente, sentar cabeza o cuando lo he querido ha sido demasiado tarde para ellas.

Si estas reflexiones me ocupan últimamente es porque hará un mes más o menos que volví a ver a esa pelirroja a la que hace meses relegué al rango de amiga. Nos dimos cita a orillas del Canal Saint-Martin, frente al Point éphémère un antro a la moda para luego irnos a nuestro bar en el Quai de la Loire. Un amigo mutuo de esos que siempre llegan tarde y se permiten preguntas íntimas nos amagó con un “¿por qué rompieron?”. Lo que siguió no tiene importancia si no fuera por el hecho de que nos comimos a besos y me noqueó con un derechazo a la mandíbula “c’est plus possible, je quitte Paris et tu n’abandonneras cette ville pour rien au monde“.

Tomamos el metro juntos, se sentó en mis piernas hasta la estación donde iba. Me dió un beso en la boca que saben más a cariño que a pasión. Sonrió y desapareció en el andén.