Sinaloa-sur-Seine

Me defino sinaloense y bohemio. Si debo añadir algo más, citaría a René Char: "Creo en la magia y la autoridad de las palabras".

La ciudad de noche

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París se está vaciando de sus habitantes, a ciertas horas los vagones del metro pasan cada 15 minutos. Anoche fui a Montparnasse, salí a las 11 de la noche, llegué mucho antes de lo previsto, la última vez tuve que hacer la correspondencia varias veces pues yo no sabía que la línea 6 estaba en obras de Raspail a Place d’Italie. El lunes fui allá a las 2:45 de la mañana, tenía que ir a recoger a X. pero yo no había tenido en cuenta que ella no había ido a trabajar en bicicleta.


El lunes salí de casa a las 2 menos cuarto, al lomo de mi caballo, digo, de mi bicicleta. A esa hora de la mañana por las calles sólo te topas con noctámbulos borrachos en su mayoría. Las calles húmedas por la última lluvia de la noche, le dan a la ciudad un aire tropical, chubascos que yo creía que era exclusivos de regiones ecuatoriales.

Las farolas parisinas compiten con los semáforos tratando de llamar mi atención. Yo prefiero los semáforos peatonales, hombrecitos verdes y rojos a los que a veces la gente decora con pegatinas de caritas extrañas o les dibuja una sonrisa. Hay que darle un poco de alegría a nuestros paseos a pie.

Tras pasar la Glorieta de Nation, tomé el Boulevard Diderot que lleva justo a la Gare de Lyon. Mi inatención, alimentada por la noche y sus contrastes, me llevó a casi tomar por error el tunel de la Gare por el que los coches pasan a velocidades prohibidas por alguno de los 10 mandamientos y en sentido contrario. Afortunadamente, este amor por el paisaje me desvió para seguir la Promenade Plantée en dirección de Bastilla.

Del otro lado del Sena, me llamó la atención ver frente a la Gare d’Austerlitz un grupo de 5 vehículos militares y 10 patrullas de la policía. Los militares, que parecían todos ser veinteañeros, escuchaban hip-hop y se paseaban iluminando con una linterna el interior de los vehículos policiacos, despertando a los guardianes del orden que montaban la guardia— imagino— de esa forma.

Pasado ese punto no hay más que señalar, París dormía. Sólo sus monumentos seguían con ese aire de imperturbables: el León de Belfort de la Place Denfert-Rochereau como siempre mirando hacia la puerta de Orléans, esperando quizás el regreso de los sarracenos de los que nunca ha defendido la ciudad, se oxidará ahí esperando.

Escrito un 23 de julio de 2004

Autor: F. Bachomo

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