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Una laguna de poco menos de 10 hectáreas y un salitral cubierto de matorrales donde abundaban conejos y aves de paso han desaparecido de la faz de tierra. Es curioso que este año de sequía los campos le ganen a los baldíos.
No me explico por qué ya no están en las imágenes satelitales. Los han secado y desmontado.
Pierdo tanto, yo, adolescente solitario. Iba a esos sitios cuando la pesca había sido infructuosa. Me acostaba con los brazos cruzados en la nuca y esperaba.
Entonces, el viento sacudiría tules y batamotes, sauces y huacaporos (que más al norte llaman palosverdes). Si era paciente, vería conejos y ratas de campo, y hasta chureas. Algún grajo volvería al nido, alguna tórtola o paloma torcaz llamaría a su pareja. Eso era paz.
El mar estaba lejos pero el viento, que sopla por la tarde, me traería un poco de iodo. El sol, eso no, sería el mismo a la sombra que en el camino de vuelta a casa: bien allá en lo alto, sin nube que lo cubriera, a la mejor demasiado lejos como para crear un efecto particular en el paraje.
Polvo levantándose por el camino, viento, una lobina brincando en la superficie del agua, garzas en lo alto de un álamo. Que pena ya no poder volverlos a ver.